Estaba sudando pero no tenía calor. Tumbado en la cama, deseando dormirme, mi corazón se aceleraba y latía a un ritmo frenético. Podía notar las pulsaciones en mi sien empapada de sudor. La premonición de algo que con cereteza ocurrirá cada vez era más fuerte, más intensa, más sistólica, más húmeda, más nerviosa, más fría... Me levanté rápido para dirigirme al cuarto de baño. Algo hizo que me mirase al espejo unos segundos, y después...Después mi cena, mis energías, mis sudores, mis arrítmias, mis sofocos y mis temblores se escurrieron por el retrete.
Y quedé vacío. Vacío de angustia, de momento, sin ganas de nada ni de todo. Solo queriendo morirme una vez más, una de tantas, pero cuan dolorosa es la muerte cuando se experimenta una y otra vez, y nos empeñamos en resucitar. Porque se resucita. Pude articular este pensamiento mientras me volvía a mirar en el espejo, esta vez con los ojos rojos y algunos capilares de los parpados rotos en bonito mosaico, por el esfuerzo.
Pero Ansiedad parecía no querer dejarme dormir.
No eran pocas las pirulas que me había tomado a lo largo del día, con dos examenes en los dos siguientes días, y los nervios a flor de piel tras un largo enclaustramiento y abstención sexual forzosa. Pero siempre queda sitio para un miligramo de Lorazepam, si. Tenía que estar por algún lado, mi madre lo toma con frecuencia, y aunque ya se habían instalado en Benicassim a veranear, no podía haber dejado la casa si Orfidal. Rebusqué frenético los grandes y múltiples cajones repletos de medicamentos: para ir al baño, para no ir, para el dolor de según donde duela y según cuanto duela, vendas, cremas, ungüentos...por fin, escondidos en una bolsa encontré dos cajas llenas. Solo necesitaba una pirula. Una pirula de las buenas, la mitad tragada y la otra mitad debajo de la lengua.
Sabía que la química ayuda, pero no hace magia, así que una vez armado, ensillado el caballo, con mis armas químicas afiladas, me dispuse a hacer de tripas corazón, y sacar a relucir mi faceta asceta. Me sente en mi sillón favorito y me quede quieto, sin pensar, sin dormir, sin vivir, como una piedra. Aletargado, como una semilla, latente, pero sin vida, casi sin vida. Mi abstracción, y el orfidal, tardaron menos de una hora en surgir efecto. Cuando mi cuerpo parecía rendirse por fin a la noche, cuando el Sereno del mundo apagaba sus últimos faroles, cuando al fin la puta se vestía, lista para irse y se fue, Yo, me fui a dormir.
Y escribo esto resucitado de nuevo, apenas 21 horas después del ataque relatado, con la certeza de que esta noche...esta noche volverá. Hoy no me he tomado ninguna pirula, quiero verla bien cuando venga y hacerle frente con las manos desnudas, y si todo falla, como siempre, las pastillas están en el cajón. Buenas noches, y no se cansen de resucitar.
¬¬
Y quedé vacío. Vacío de angustia, de momento, sin ganas de nada ni de todo. Solo queriendo morirme una vez más, una de tantas, pero cuan dolorosa es la muerte cuando se experimenta una y otra vez, y nos empeñamos en resucitar. Porque se resucita. Pude articular este pensamiento mientras me volvía a mirar en el espejo, esta vez con los ojos rojos y algunos capilares de los parpados rotos en bonito mosaico, por el esfuerzo.
Pero Ansiedad parecía no querer dejarme dormir.
No eran pocas las pirulas que me había tomado a lo largo del día, con dos examenes en los dos siguientes días, y los nervios a flor de piel tras un largo enclaustramiento y abstención sexual forzosa. Pero siempre queda sitio para un miligramo de Lorazepam, si. Tenía que estar por algún lado, mi madre lo toma con frecuencia, y aunque ya se habían instalado en Benicassim a veranear, no podía haber dejado la casa si Orfidal. Rebusqué frenético los grandes y múltiples cajones repletos de medicamentos: para ir al baño, para no ir, para el dolor de según donde duela y según cuanto duela, vendas, cremas, ungüentos...por fin, escondidos en una bolsa encontré dos cajas llenas. Solo necesitaba una pirula. Una pirula de las buenas, la mitad tragada y la otra mitad debajo de la lengua.
Sabía que la química ayuda, pero no hace magia, así que una vez armado, ensillado el caballo, con mis armas químicas afiladas, me dispuse a hacer de tripas corazón, y sacar a relucir mi faceta asceta. Me sente en mi sillón favorito y me quede quieto, sin pensar, sin dormir, sin vivir, como una piedra. Aletargado, como una semilla, latente, pero sin vida, casi sin vida. Mi abstracción, y el orfidal, tardaron menos de una hora en surgir efecto. Cuando mi cuerpo parecía rendirse por fin a la noche, cuando el Sereno del mundo apagaba sus últimos faroles, cuando al fin la puta se vestía, lista para irse y se fue, Yo, me fui a dormir.
Y escribo esto resucitado de nuevo, apenas 21 horas después del ataque relatado, con la certeza de que esta noche...esta noche volverá. Hoy no me he tomado ninguna pirula, quiero verla bien cuando venga y hacerle frente con las manos desnudas, y si todo falla, como siempre, las pastillas están en el cajón. Buenas noches, y no se cansen de resucitar.
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3 comentarios:
Una sola frase más y estoy segura de que hubiera experimentado lo mismo que tú anoche... puffff!!!
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